domingo, 17 de agosto de 2008

Un fenómeno que estos últimos días ha tomado algo de fuerza en nuestro país, más específicamente en la capital, es la respuesta violenta que se ocupa de parte de los ciudadanos comunes y silvestres frente a los famosísimos lanzas callejeros. Los medios la critican, defienden una posición pacifista frente a la inseguridad que domina a la gente al salir a la calle un día normal a plena luz del día, dicen que la gente debe tomar otro modo de enfrentar la situación, o sea, verse como una masa indefensa, lista para ser asaltada, lanceada, abusada. Está bien… opino que para que para que a una persona le roben en el centro de su ciudad debe ser un idiota, es estúpido no saber todas las cosas que ocurren en nuestro hábitat y no tomar las precauciones necesarias, pero es indigno que la población deba estar asustadiza por la delincuencia impune a plena luz del día, y es ahí donde esta entra a tomar un papel fundamental, el descontento se traduce en violencia, no hacia la policía, ni hacia el gobierno, sino que hacia los mismos flaites que sobrevuelan ciudad buscando carroña para salvarse: un celular, una cartera, una billetera, un mp3, lo importante no es el objeto, sino el miedo y la humillación, y eso es lo que se busca detener, quizás ni siquiera se busca detenerlo, quizás es solo venganza, pero bastante sirve, como ejemplo pongo el caso del lanza de mitad de semana, que se meo en los pantalones por las represalias de la población, y bastante le pegaron señores, claro, porque lo torturaron hasta que la policía llego - y sabemos que la yuta jamás llega para proteger, y siempre llega a tiempo para corretear - supongo que el lolo de 16, y sus amigos van a tener mas cuidado cando quieran salvarse con pertenencias ajenas, y así se levanta una población, que frente a la nula acción de las fuerzas de protección toma la justicia por sus propias manos, y hoy, yo, quien menos aprueba la respuesta violenta lo aplaudo.

Por Diego Urtubia.


Mi reflexión, aunque básica, es que la violencia genera más violencia. No dejen que les metan el dedo en la boca.

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