sábado, 26 de julio de 2008

You should have seen them kicking Edgar Allan Poe


(...)Tras depositar nuestra fúnebre carga sobre unos caballetes en aquélla región de horror, corrimos parcialmente a un lado la aún no atornillada tapa del féretro y contemplamos el rostro de su ocupante. Una sorprendente similitud entre hermano y hermana atrajo por primera vez mi atención; y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras por las que supe que la fallecida y él habían sido hermanos gemelos, y que siempre habían existido entre ellos afinidades de escasamente inteligible naturaleza. Nuestras miradas, sin embargo, no se mantuvieron largo tiempo sobre la muerta, porque no podíamos contemplarla sin estremecernos. La enfermedad que se la había llevado en la madurez de su juventud había dejado, como es habitual en todas las enfermedades de carácter estrictamente cataléptico, la burla de un débil enrojecimiento en seno y rostro, y esa suave y equívoca sonrisa en los labios que resulta tan terrible en la muerte(...)


La Caída de la Casa de Usher, Edgar Allan Poe.

Los relatos de terror de Poe me brindaron placentera compañía en toda mi noche de desvelo, encontré el libro de supuesta edición limitada, aún con olor a nuevo, un poco escondido en mi mueble, tapa amarilla con fucsia. No me acordaba cuando lo había comprado, pero cuando lo abrí me acordé. En la feria artesanal que está al frente de la playa en Viña, entre los puestos de al medio hay un carrito repleto de libros, hasta en el techo hay libros, no me acuerdo porque andaba allá pero me entretuve hojeando una versión extraña de Macbeth y la señora que atendía me miraba indignada a través de unos enormes anteojos ópticos semi oscuros, porque yo, que llevaba casi cuarenta minutos ahí, había sido la silenciosa testigo de -seguramente- más de diez fructíferas ventas, y todavía no me decidía por nada. La miré intentando igualar su gesto demoledor, metí la mano en uno de los canastos rojos y saqué un libro, "La caída de la Casa de Usher", decía, Edgar Allan Poe, busqué en mi bolsillo y encontré un billete de mil, el libro costaba ochocientos, y Poe debía merecérselos, la primera vez que encontré una copia de "El cuervo" me asusté con la tapa, no concebía los libros que leía mi papá, años después lo abrí y lo leí, entonces entendí el concepto de "terror psicológico" un poco mejor de lo que plasman las películas que pasan la semana de Halloween en TCM.
Una atmósfera siniestra, un animal infernal y una tortura inquisitorial y angustiosa...



martes, 15 de julio de 2008

Parte II

Esto, todo esto, es ficción, porque la literatura es ficción. Por supuesto que está basado en cosas que pasaron pero vincularme mucho a la historia sería sustraerle esencia.
Agradezco mucho a todas las personas que pasan por aquí, en especial a los que pasan seguido y me manifiestan frecuentemente su aprobación y apoyo. Ojala que este último mini relato que está siendo contado en partes sea de su agrado y sigan visitándome, escribo para los que quieran leer. Gracias otra vez.




La primera vez que me subí a un ring experimenté los golpes más electrizantes que la hormona del miedo puede esparcir por el cuerpo. Estaba parada con los pies congelados y la garganta contraída. De mis manos ultra vendadas emanaba un sudor frío que sólo podía sentir al contacto del vendaje con los guantes pequeñísimos y brillantes que me cubrían hasta las muñecas. Ni siquiera había empezado y ya me sentía morir. Los seis metros por seis metros del cuadrilátero se multiplicaban en mi cabeza como crueles espejismos desérticos. Al frente, una muchacha de aspecto confiado saltaba golpeándose los guantes en las caderas y sonriéndole a su entrenador de color con los ojos morados y gesto malévolo. La clandestinidad que encontraba implícita en los rincones semi oxigenados de la locación me parecía similar a la de un suburbio de apostadores en Brooklyn. Una campana repetía y repetía el mismo exacto sonido dilacerante que chocaba extendido contra las ventanas empañadas. Tenía que reaccionar.
-¡A partir de ahora todo va cuesta abajo y sin frenos!- gritó José María desde mi esquina. Subí los brazos y me moví lento hacia mi derecha, ella conectaba golpes que me aireaban el cabello trenzado, mi guardia a momentos se salía de lugar pero la devolvía recordando la venda que me había cortado la circulación del cuello. Los segundos parecían no transcurrir y el cansancio se me hacía obvio. Esperaba ansiosa el campaneo molesto. Un par de golpes faciales me adormecieron los pómulos, el protector de busto empezaba a asfixiarme, me tambaleaba como borracha, había olvidado por completo la posición correcta y mi mano protectora me cubría el abdomen maltratado. Ella se desplazaba ágil a mí alrededor, se afirmaba en la segunda hilera de cuerdas elásticas y parecía que el ring era el lugar que más le complacía. Los silbidos, las voces y los aplausos entraban a mis oídos y se mezclaban en una nebulosa de ruido enmarañado. Estaba mareada, mis rodillas sonaron huecas en el piso y la campana se introdujo veloz en mi cerebro.
Por vergonzoso que sea, de eso se ha tratado desde siempre el boxeo, caminar de frente hacia el dolor, aunque la acción invocada insulte gravemente la inteligencia. En ese, el deporte que para muchos no es deporte sino estupidez, todo, absolutamente todo está al revés, fue una de las primeras cosas que aprendí, como balbuceó Morgan Freeman en Million Dollar Baby: "Cuando quieres golpear con la izquierda, vas hacia la derecha, cuando quieres golpear con la derecha, vas hacia la izquierda, y cuando quieres huir del dolor, vas hacia él". El boxeo es tan dispar con la lógica de la humanidad que incluso alguien podría decir que la evolución es humillada por él. Desde un prisma desplaciente, devuelve al hombre su más espléndida animalidad y se opone desafiante a las normas de una sociedad civilizada.
Sentía exprimirse la sangre caliente en mis brazos enrojecidos
-no puedes desear el fin sin aceptar los medios- me dijo José María frunciendo el ceño y levantándome con suavidad. Puso un banquito en mi esquina y derramó bruscamente una botella de agua fría sobre mi cabeza. Los sentidos me volvieron a funcionar, pude oír nítidos sonidos y susurros, olí el encierro y percibí la sensación vaporosa del frío combinado con la transpiración. -¿Quieres parar?- preguntó insidioso –no sé- contesté –si paras vas a perder, si sigues también, es una decisión sencilla, de todas maneras pierdes- se metió las manos a los bolsillos, se inclinó, me besó la frente y se echó a reír, en su risa me sentí volver.
Cinco minutos después la tranquilidad que súbitamente había asaltado mi organismo me pausó los latidos del corazón y compuso mi cuerpo exhausto, recordé las palabras que había pronunciado mi padre en algún almuerzo familiar que aludía al deporte y las diferencias genéricas: "Siempre espera al segundo aire". Una sonrisa tenue se me dibujó en el rostro mientras José María observaba nervioso la escena. La campana sonó y ya no me resultaba tan molesta. Sentí la necesidad inmediata de reconciliarme con mis manos, mis pensamientos ya no eran destructivos y el ring por primera vez parecía ser un espacio simétrico y terrenal. Esquivé un uppercut que habría sido devastador, moví los pies en diferido y escupí saliva como guanaco. Respiraba agitada, la línea entre la calma y el colapso es finísima. Logré que mi jab irrumpiera firme entre sus fosas nasales, detrás podían escucharse efusivas las celebraciones de mi entrenador. Bajé la guardia con aplomo, convencida de que no había nada más que pudiera hacer y de golpe la sonoridad del entonces dulce campaneo invadió de nuevo el lugar. Tres minutos, o ciento ochenta segundos si lo prefieren, transcurrieron frágiles y acelerados, los jueces de aspecto mórbido consensuaban el resultado tras un panel de cholguan, uno de ellos con bigote mexicano y pelo grasoso salió con un sobre manchado en la mano y se lo entregó presuroso a otro que debía ser su superior, lo abrió y rió para sí mismo. Un alto parlante hizo interferencia como si alguien le frotara papel celofán al micrófono y una voz femenina se asomó precipitada captando la atención de todos...

(¡Continuará!)

lunes, 14 de julio de 2008

Parte I

-El boxeo es una de las cosas más absurdas que existen, me parece intolerable- decía mi mamá mientras le echaba sazonador a la carne, cuando las personas te dicen cosas tan tajantes como esa mientras enarbolan actividades culinarias lo que sea que articulen no puede ser del todo cierto.
-toma- me había dicho José María esa misma mañana al tiempo que lanzaba un bulto blanco por el aire, unos guantes marca D-box (sí, como el premium de VTR) cayeron ligeros a mis pies. No me explicó nada. José María es una de las personas más dedicadas que he conocido, me dejó moretear sus brazos y su tórax hasta que se fue a estudiar a Argentina. Mis primeras incursiones en el deporte fueron tan torpes y carentes de coordinación como las de un pajarito que apenas aprende a volar. Después de una semana de hacer "guantes" como él mismo lo llamaba, quiso que entrara por primera vez a un gimnasio -un antro de testosterona y xy- repetía burlesco mientras pasaba su brazo por mi espalda e intentaba reconfortarme. Cuatro rings, cuatro esquinas, y un número de personas que probablemente era múltiplo de cuatro adornaban el lugar con rudeza. Las paredes blancas tenían la pintura descascarada y rastros de humedad. "Pushing Bags" negros, blancos y rojos, de todos los tamaños y materiales colgaban a lo largo de una enorme hilera de fierros oxidados. Mi primer pensamiento fue que no debía haber en el mundo un lugar más seguro que ese. Nadie me miró, percibía la concentración como si tuviese vida. Unos tipos que se golpeaban entre las ajustadas dimensiones de un ring de suelo azul y cuerdas gastadas me recordaron los mejores días de Combate Space, otros más allá parecían sacados de una película de peligrosos pandilleros niuyorkinos, y al fondo un anciano vestido de gris con un silbato colgado por el cuello alentaba a una mujer de no más de veintitrés a no desistir de saltar la cuerda. José María me agarró la mano y me llevó hasta donde entrenaba el anciano, su aspecto inaccesible me espantaba, -¡Mastrantonio!- gritó con acento italiano y gesto dulce, lo abrazó y lo besó en la frente. Era su abuelo, le dijo un par de cosas al oído y ambos parecieron quedar muy conformes con la resolución. Empezó a caminar e hizo un movimiento con el brazo, entendí de inmediato y caminé tras él. -¿Adónde vamos?- pregunté -a tu casillero- contestó. ¿Ya estaba todo hecho?. Me vestí ansiosa y asustada.
José María no parecía serio, salió por una puerta negra con una radio entre los brazos, lo miré confundida, puso la radio en el piso y la enchufó como si su vida dependiera de eso. Empezó a sonar una música que no reconocía como nada que hubiese escuchado antes, una mezcla de ritmos bailables y depresivos, sonidos acelerados que se atropellaban y detenían.
-Lo primero es bailar swing- me dijo sonriente. Me enseñó a moverme en las puntas de mis pies, a separarlos constantemente por un espacio que no sobrepasara los diez centímetros. La estrategia básica sonaba muy sencilla, te estimulaba a protegerte y paradójicamente te obligaba a deponer cualquier rastro de cobardía. Se puso unos guantes azules y pareció muy seguro de lo que hacía, introdujo su brazo por sus caderas y lo impulsó sacándolo de su perímetro corporal, el brazo se desplazó en trayectoria directa -eso es un jab- murmuró. Jab y Uppercut iban a ser dos de las palabras que no se me borrarían de la mente durante los próximos años. Jab, Uppercut y Crochet eran los golpes básicos, Swing era un golpe mixto o compuesto que no llegué a entender si no tiempo después. Las sombras de sus movimientos bruscos y certeros se proyectaban con naturalidad sobre las murallas. Por un momento sentí que él controlaba todo a su alrededor. Intenté ser su espejo, cada levantamiento que ejecutaba me resultaba embarazoso y aletargado. Me dejé caer en el piso víctima de un intenso cansancio.
-¡Párate!- escuché sorprendida, José María ya no sonreía y su aspecto dictatorial me levantó en cuestión de segundos. No quería seguir, los brazos me pesaban, un enjambre de hormigas me atravesaba las piernas y el estomago me burbujeaba. Su rostro, que entonces emanaba indignación me hizo sentir perdida. Me dejó sola un par de minutos y volvió cargando cuerdas y vendas. Me dijo que no iba a salir de ahí a menos que aprendiera a protegerme. ¿Protegerme? yo no sabía a qué se refería -protegerme de su demencia y complejo de esclavista- pensé. Enderezó mi columna y pasó vendas amarillentas por detrás de mi cuello, las amarró a mi brazo izquierdo y me hizo golpear. -¿Estás bien?- preguntó con irónica compasión -me duele- vacilé.
José María había sufrido transformaciones espantosas en su conducta al pasar las horas, ya no era amable ni comprensivo, me trataba como a una máquina que debía cumplir inexpresiva sus órdenes enfermizas. Era el mal de los entrenadores de boxeo, de seguro todos creían que con violencia sacaban lo mejor de ti. José María tenía diecisiete, el pelo oscuro, las manos grandes y el cuerpo grueso, se paraba frente a mí con los brazos cruzados y una toalla blanca en los hombros a vigilar mis ejercicios cada mañana. Su postura segura y expresión de gendarme, al cabo de unos días ya me eran familiares. Corría junto a mí para controlar mi respiración y ocasionalmente me invitaba a tomar una bebida energizante para continuar laboriosos con la tortura.

(continuará)

jueves, 10 de julio de 2008

ABC


En el tiempo que escribo he intentado combatir mi tendencia tremenda a no enfrentar ciertos aspectos de mi vida. No poseo la sensibilidad del artista. No me arriesgo, me cuesta. Aunque la mayor parte de mi experiencia escolar la he pasado oponiéndome a mis profesores, siempre ha habido situaciones que me cortan los nervios de la garganta. Una profesora de Lenguaje -a quien no voy a nombrar para no romper mi línea poco confesional- leyó un cuento que escribí -aún sin nombre y sin intención alguna de ser publicado- y coincidió con otros comentarios en que mi personaje no era ni más ni menos que un sencillo y básico alter ego.
-Ábrete, exprésate- me dijo como queriendo evaluar mi estado psicológico. Si las personas con complejos terapéuticos existen, de seguro ella entra en esa clasificación. Sólo estando en una habitación blanca con persianas de hospital, tendida en un diván de cuero negro, con una túnica y lentes bonaire podría haber sido parte de una instancia más psiquiátrica que esa. Me asignó escribir un ensayo, con seria apertura emocional, como si un ensayo de dos planas fuese a sacar el artista que supuestamente habitaba dentro de mí. Ensayé en distintas posiciones encima de mi alfombra junto a la estufa y transformé el piso de mi pieza en un vertedero turbio de hojas de cuaderno. No conseguí nada, me senté frente al computador dispuesta a acostarme sin terminar el ensayo. Tenía la mente echa pedazos, y las suposiciones ensayísticas tropezaban difusas con envases de yogurth y canciones de Bob Marley. Hace dos años mi papá me regaló un libro verde que tenía en la tapa la cara de un Australopithecus, "Los orígenes de la civilización", el libro se veía poco atractivo, pero por aburrimiento o compromiso lo empecé a leer, despertó una parte mía que no conocía, y así como lo empecé, tuve que terminarlo y re leerlo. Childe, su autor, establecía tesis tan variadas y fascinantes que quedaron dispersas con carácter en mi cabeza y seguramente influyeron en mi manera de ver el mundo y relacionarme con las letras. En alguna de las doscientas cincuenta y algo páginas de mi breviario, decía con énfasis particular, que los hombres y mujeres siempre deben omitirse de sus propios juicios, hacía tiempo que nadie me decía algo que me hiciera tanto sentido. Y por querer hacer caso a las tajantes palabras del difunto autor, me olvidé de como era no omitirme de mis propios juicios. Cuando terminé de pensar ya llevaba tres páginas de "ensayo", había citado nombres y lugares reales, había descrito con inhumana meticulosidad sensaciones y reacciones que sólo podían pertenecerme a mí, había confiado en el poder de mi adjetivo y dejado fluir las canciones sugerentes que se amontonaban en mis listas de reproducción como partes de un encantador burlitzer mental. Como miel sobre hojuelas...

martes, 1 de julio de 2008

Oh Baby baby it's a wild world

Se escucha "Blue Monday", de la mano de New Order, How does it feel? me pregunta un gringo seguido de una catarsis electrónica. No sé cómo se siente, pero en definitiva, si ésta canción dignifica algún día, debió ser el de ayer, ayer sí que fue un Blue Monday. Lo fue desde no sé a que hora, vi Zeitgeist con unos amigos, me faltaba un pedazo. Tengo en la mente que todo cambia con el paso de los años, en especial las personas, la ropa que usabámos hace cinco años, la música que escuchábamos y el individuo que nos quitaba el sueño, todo nos parece rídiculo. Y aunque me resisto a la idea de pensar que lo que hoy hago va a llegar a parecerme rídiculo, vivir del futuro y no del presente es intrínsecamente una de las características de esta etapa. Bueno, vamos por parte, Zeitgeist. Zeitgeist es un documental que tiene como propósito deliberado destruir las obtusas concepciones humanas, parte destruyendo la religiosidad, seguida por la destrucción del Imperio, naturalmente -ya comenté acá sobre el Loosing Change y el September Clues- para terminar golpeándote en la base de la vida contemporánea, el control financiero. He tenido más de una discusión con más de una persona respecto a la razones que hacen al Zeitgeist -ya hablamos de Zeitgeist como un espectro, como una criatura oscura, como una droga- no apto para todos. Los motivos: la propensión a dejarse influenciar, la debilidad mental y moral, entre otros, que recaen siempre en la incapacidad humana de mantenerse firmes en algo. No creo que el Zeitgeist sea bueno o malo en general, tampoco creo que sea bueno o malo para alguien en particular, pero si ya vamos tan avanzados en los eslabones de la evolución, rindámosle honores a nuestra raza y no insultemos la capacidad humana de decidir criteriosamente frente a algo, mal que mal, creer o no creer tiene estrecha relación con ver todas las partes de una cosa, el que dijo que la fe era ciega era un estúpido. Además, este documental tampoco es tan revelador, muchas de las cosas que dice ya son sabidas y se han tratado desde distintos prismas, quizás es un poco más subversivo por su forma de plantear las cosas como verdades absolutas y no como sugerencias para crear la tuya propia.
Yo creo que todos se acuerdan de Krafty, un video de New Order que daban en el Via X por el año 2003, cuando Via X aún era el canal treinta y tres. Aparecían dos adolescentes famélicos que tenían su primera relación sexual, el video retrataba toda la secuencia de quitarse la ropa y la abertura del condón. En ese tiempo me parecía embarazoso, hoy día, la esfera globalizada de You Tube me lo muestra con mala definición y lo encuentro pasado de moda.
Anoche después de una cita torturante con mi dentista me sumí en una conversación depresiva con mi mamá, es increíble como las mamás pueden sacar lo mejor y lo peor de ti. Me habló de mis planes a futuro, de mi vida futura, de mis estudios futuros, la palabra futuro fue repetida probablemente unas cuarenta veces en distintas frases y connotaciones, ella dibujaba con las manos en el aire, sonriente. Al principio yo sentía las comunes ansias motivadoras hacia lo venidero, en la mitad ya iba un poco desorientada, y al final, quería soltar la bolsita de maní que me estaba comiendo y salir corriendo. Presente, pasado y futuro, se mezclaron en la misma bolsita transparente que tiré al medio de una calle llena de taxis. Me subí al auto, y hasta la radio estaba en sintonía conmigo sonaba un ronco Cat Stevens y mi mamá tarareaba "Oh baby, baby it's a wild world"
(para mí, es un tema que simboliza el término de tu niñez, te lanza a un mundo salvaje y encima siente pena por ti "Oh nena nena, es un mundo salvaje"), la canción entera se combinó rápido con bocinas y frenazos, alarmas de bomberos e imágenes caricaturescas de gente durmiendo en las micros, me sentí en una jungla ¿Hoy por hoy, todos le temen al futuro?.