Me bajé cerca del muelle Pratt, sobresalía imponente el monumento de los héroes navales mientras el mar ondeaba enredándose con minúsculos rayitos de sol. Caminé bordeando lo que por estos días es un moderno estacionamiento subterráneo al que entran autos último modelo dispuestos a pagar treinta y cuatro pesos por minuto aun habiendo estacionamientos gratuitos. A la derecha, un edificio de mediano tamaño, con una locación oscura y siniestra provista de una reja zigzagueante, ahora en ruinas, había sido algún día la cárcel de jóvenes desorientados a los que se les había pasado la hora en toque de queda, entre ellos, mi padre. Me había relatado la historia con voz de soñador, alzando las manos y gesticulando con esmero al tiempo que saboreaba lo que le quedaba de manzana confitada. El “Galaxy Harvest” se empinaba distinguido entre las lanchas que apenas si se mantenían flotando, desbordante de containers amarillentos con inmensas inscripciones CCNI, Hapag Lloyd, Hand Craft, Seaboard Marine, entre otras.
-Do you want to take a boat?- me dijo un niño rubio de unos siete años con la misma naturalidad con la que le habría hablado a cualquier integrante de su familia, todos gringos ofcourse.
-No, gracias- contesté sonriente. La artesanía porteña presentaba variaciones considerables desde la última vez que me detuve a leer sus precios, el caballero con el pelo pegoteado repleto de dreadlocks ya no sólo ofrecía dibujos en español, a su derecha, un cartel de cartón al que el viento difícilmente le daba tregua, exponía con caligrafía deficiente “Hacemos retratos”, mientras que a su izquierda en una cartulina blanquísima, impresa y plastificada se escribía cuidadosamente “We made all kind of portraits”. Así, en Valparaíso, patrimonio de la humanidad, cada despuntado negociante que busque sacar provecho del estatus regional debe utilizar por la razón o por la fuerza el inglés como estrategia de marketing, como si el bilingüismo fuese un hallazgo común en otras ciudades del mundo, en las que si no conoces el inglés, se te confunden los pronombres y te falla la interpretación, acabas comprando aceite para el auto en lugar de aceite para cocinar. Pero Valparaíso misericordioso no castiga a sus turistas, los compadece.
Subí hacia el cerro alegre recordando las expresiones exactas de mi padre quien hacía unas semanas me había llevado de su brazo a recorrer las mismas calles alegóricas que acostumbran alimentarte con cuentos bonitos y sobre todo verosímiles, por lo que la palabra "cuento" no sería más que una mala sustitución de historia.
-Por aquí caminaba tu viejo, veinteañero, está todo muy cambiado, me dabas vuelta y no caía ni un peso, con suerte me alcanzaba para un café negro, que se me quedaba pegado en los bigotes, y mi pipa, mi pipa- había dicho con los ojos luminosos y la postura acogedora mientras pasábamos por las afueras de la St Paul Church, Iglesia Anglicana.
Los muros expendían un aroma a humedad imposible de confundir que seguramente tenía su origen en las lluvias que acababan de pasar y el hecho, por absoluto comprobable, de que a ciertos sectores de Valparaíso jamás los alcanza el sol. Instituto de Música, Taller de escultura en plata, Iglesias protestantes, Escuela de Fotografía, Cafés y hoteles por doquier, todos emplazados en antiguas construcciones coloniales, un poco remodeladas y bien pintadas.
Absorta en mis giros mentales me preguntaba qué había pasado con el Valparaíso que añoraba mi padre, “el eterno Valparaíso” que describía con efervescencia, entonces me introduje por uno de los recovecos de viviendas amontonadas y paredes atiborradas de graffitis, y así, sin más, encontré mi respuesta. La culpa -si el crudo concepto tiene aquí cabida- según algún ciudadano consciente, era del mismo reconocimiento que mencioné más arriba. En una de las ventanas que se distinguía de las demás por su decadencia, había un papel medio manchado pegado con cinta negra, que decía más o menos así: “Patrimonio de la Humanidad, pura plata y nada más”.
Entré a un café que el común de las personas ignora por ser menos pintoresco que el “Café Turry” pero en mí generó una sensibilidad especial. Bed and Breaksfast, decía con letras coloridas pintadas a mano. Me senté a contraluz observando apacible el reflejo del mar en el vidrio contiguo, el sol que había entibiado el viento empezaba a extinguirse y dejaba de quemar. Se esparcía magnífico el sonido de un saxo, "La Vie en Rose" relajaba mis músculos y el músico blancucho con apariencia de judío se balanceaba gracioso entre las mesas casi vacías. Después de leer la carta bilingüe pedí una Coca Cola: Would you please bring me a Coke? Pronuncié burlesca.
Supongo que esa es la ventaja de estar In-forming.
domingo, 3 de agosto de 2008
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