viernes, 8 de agosto de 2008

Dear


(...) el petróleo es la riqueza más monopolizada del sistema capitalista. No hay empresarios que disfruten del poder político que ejercen, en escala universal, las grandes corporaciones petroleras. La Standard Oil y la Shell levantan y destronan reyes y presidentes, financian conspiraciones palaciegas y golpes de estado, disponen de innumerables generales, ministros y James Bonds y en todas las comarcas y en todos los idiomas deciden el curso de la guerra y la paz...
Con el petróleo ocurre, como ocurre con el café o con la carne, que los países ricos ganan mucho más tomándose el trabajo de consumirlo que los países pobres por producirlo. La diferencia es de diez es a uno...


Eduardo Galeano, Las fuentes subterráneas del poder, La venas abiertas de América Latina.


Expuso con claridad que en 1964 Castelo Branco, dictador brasileño, cedió a la Hanna Mining Co. el más importante yacimiento de hierro de Brasil.
Poco tiempo después, el embajador de los Estados Unidos concedió a la Bethlehem Steel cuarenta millones de toneladas de manganeso a cambio de un miserable 4% para el estado por sobre los ingresos de importación. Para entonces, la economía brasileña crujía.
Potosí en Bolivia, Zacatecas en México, Minas Gerais en Brasil, resultan ejemplos explicativos de la impericia de algunos dirigentes a la hora de dirigir, valga la redundancia. Los saqueos descarados que tuvieron lugar en la edad moderna seguían teniendo entidad en la segunda mitad del siglo pasado: El petróleo estadounidense gozaba de un precio alto, mientras que el petróleo venezolano -que le proporcionó ganancias astronómicas a la Standard Oil de Nueva Jersey- decaía tristemente. Al tiempo que Galeano escribía sus páginas América Latina seguía siendo un lucrativo negocio extranjero. Y todavía.
La reflexión es sencilla -no quiero extenderme ni asomar tendencias políticas que no tengo-: Los pueblos no tienen memoria.

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