Esto, todo esto, es ficción, porque la literatura es ficción. Por supuesto que está basado en cosas que pasaron pero vincularme mucho a la historia sería sustraerle esencia.
Agradezco mucho a todas las personas que pasan por aquí, en especial a los que pasan seguido y me manifiestan frecuentemente su aprobación y apoyo. Ojala que este último mini relato que está siendo contado en partes sea de su agrado y sigan visitándome, escribo para los que quieran leer. Gracias otra vez.
La primera vez que me subí a un ring experimenté los golpes más electrizantes que la hormona del miedo puede esparcir por el cuerpo. Estaba parada con los pies congelados y la garganta contraída. De mis manos ultra vendadas emanaba un sudor frío que sólo podía sentir al contacto del vendaje con los guantes pequeñísimos y brillantes que me cubrían hasta las muñecas. Ni siquiera había empezado y ya me sentía morir. Los seis metros por seis metros del cuadrilátero se multiplicaban en mi cabeza como crueles espejismos desérticos. Al frente, una muchacha de aspecto confiado saltaba golpeándose los guantes en las caderas y sonriéndole a su entrenador de color con los ojos morados y gesto malévolo. La clandestinidad que encontraba implícita en los rincones semi oxigenados de la locación me parecía similar a la de un suburbio de apostadores en Brooklyn. Una campana repetía y repetía el mismo exacto sonido dilacerante que chocaba extendido contra las ventanas empañadas. Tenía que reaccionar.
-¡A partir de ahora todo va cuesta abajo y sin frenos!- gritó José María desde mi esquina. Subí los brazos y me moví lento hacia mi derecha, ella conectaba golpes que me aireaban el cabello trenzado, mi guardia a momentos se salía de lugar pero la devolvía recordando la venda que me había cortado la circulación del cuello. Los segundos parecían no transcurrir y el cansancio se me hacía obvio. Esperaba ansiosa el campaneo molesto. Un par de golpes faciales me adormecieron los pómulos, el protector de busto empezaba a asfixiarme, me tambaleaba como borracha, había olvidado por completo la posición correcta y mi mano protectora me cubría el abdomen maltratado. Ella se desplazaba ágil a mí alrededor, se afirmaba en la segunda hilera de cuerdas elásticas y parecía que el ring era el lugar que más le complacía. Los silbidos, las voces y los aplausos entraban a mis oídos y se mezclaban en una nebulosa de ruido enmarañado. Estaba mareada, mis rodillas sonaron huecas en el piso y la campana se introdujo veloz en mi cerebro.
Por vergonzoso que sea, de eso se ha tratado desde siempre el boxeo, caminar de frente hacia el dolor, aunque la acción invocada insulte gravemente la inteligencia. En ese, el deporte que para muchos no es deporte sino estupidez, todo, absolutamente todo está al revés, fue una de las primeras cosas que aprendí, como balbuceó Morgan Freeman en Million Dollar Baby: "Cuando quieres golpear con la izquierda, vas hacia la derecha, cuando quieres golpear con la derecha, vas hacia la izquierda, y cuando quieres huir del dolor, vas hacia él". El boxeo es tan dispar con la lógica de la humanidad que incluso alguien podría decir que la evolución es humillada por él. Desde un prisma desplaciente, devuelve al hombre su más espléndida animalidad y se opone desafiante a las normas de una sociedad civilizada.
Sentía exprimirse la sangre caliente en mis brazos enrojecidos
-no puedes desear el fin sin aceptar los medios- me dijo José María frunciendo el ceño y levantándome con suavidad. Puso un banquito en mi esquina y derramó bruscamente una botella de agua fría sobre mi cabeza. Los sentidos me volvieron a funcionar, pude oír nítidos sonidos y susurros, olí el encierro y percibí la sensación vaporosa del frío combinado con la transpiración. -¿Quieres parar?- preguntó insidioso –no sé- contesté –si paras vas a perder, si sigues también, es una decisión sencilla, de todas maneras pierdes- se metió las manos a los bolsillos, se inclinó, me besó la frente y se echó a reír, en su risa me sentí volver.
Cinco minutos después la tranquilidad que súbitamente había asaltado mi organismo me pausó los latidos del corazón y compuso mi cuerpo exhausto, recordé las palabras que había pronunciado mi padre en algún almuerzo familiar que aludía al deporte y las diferencias genéricas: "Siempre espera al segundo aire". Una sonrisa tenue se me dibujó en el rostro mientras José María observaba nervioso la escena. La campana sonó y ya no me resultaba tan molesta. Sentí la necesidad inmediata de reconciliarme con mis manos, mis pensamientos ya no eran destructivos y el ring por primera vez parecía ser un espacio simétrico y terrenal. Esquivé un uppercut que habría sido devastador, moví los pies en diferido y escupí saliva como guanaco. Respiraba agitada, la línea entre la calma y el colapso es finísima. Logré que mi jab irrumpiera firme entre sus fosas nasales, detrás podían escucharse efusivas las celebraciones de mi entrenador. Bajé la guardia con aplomo, convencida de que no había nada más que pudiera hacer y de golpe la sonoridad del entonces dulce campaneo invadió de nuevo el lugar. Tres minutos, o ciento ochenta segundos si lo prefieren, transcurrieron frágiles y acelerados, los jueces de aspecto mórbido consensuaban el resultado tras un panel de cholguan, uno de ellos con bigote mexicano y pelo grasoso salió con un sobre manchado en la mano y se lo entregó presuroso a otro que debía ser su superior, lo abrió y rió para sí mismo. Un alto parlante hizo interferencia como si alguien le frotara papel celofán al micrófono y una voz femenina se asomó precipitada captando la atención de todos...
(¡Continuará!)
martes, 15 de julio de 2008
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