-El boxeo es una de las cosas más absurdas que existen, me parece intolerable- decía mi mamá mientras le echaba sazonador a la carne, cuando las personas te dicen cosas tan tajantes como esa mientras enarbolan actividades culinarias lo que sea que articulen no puede ser del todo cierto.
-toma- me había dicho José María esa misma mañana al tiempo que lanzaba un bulto blanco por el aire, unos guantes marca D-box (sí, como el premium de VTR) cayeron ligeros a mis pies. No me explicó nada. José María es una de las personas más dedicadas que he conocido, me dejó moretear sus brazos y su tórax hasta que se fue a estudiar a Argentina. Mis primeras incursiones en el deporte fueron tan torpes y carentes de coordinación como las de un pajarito que apenas aprende a volar. Después de una semana de hacer "guantes" como él mismo lo llamaba, quiso que entrara por primera vez a un gimnasio -un antro de testosterona y xy- repetía burlesco mientras pasaba su brazo por mi espalda e intentaba reconfortarme. Cuatro rings, cuatro esquinas, y un número de personas que probablemente era múltiplo de cuatro adornaban el lugar con rudeza. Las paredes blancas tenían la pintura descascarada y rastros de humedad. "Pushing Bags" negros, blancos y rojos, de todos los tamaños y materiales colgaban a lo largo de una enorme hilera de fierros oxidados. Mi primer pensamiento fue que no debía haber en el mundo un lugar más seguro que ese. Nadie me miró, percibía la concentración como si tuviese vida. Unos tipos que se golpeaban entre las ajustadas dimensiones de un ring de suelo azul y cuerdas gastadas me recordaron los mejores días de Combate Space, otros más allá parecían sacados de una película de peligrosos pandilleros niuyorkinos, y al fondo un anciano vestido de gris con un silbato colgado por el cuello alentaba a una mujer de no más de veintitrés a no desistir de saltar la cuerda. José María me agarró la mano y me llevó hasta donde entrenaba el anciano, su aspecto inaccesible me espantaba, -¡Mastrantonio!- gritó con acento italiano y gesto dulce, lo abrazó y lo besó en la frente. Era su abuelo, le dijo un par de cosas al oído y ambos parecieron quedar muy conformes con la resolución. Empezó a caminar e hizo un movimiento con el brazo, entendí de inmediato y caminé tras él. -¿Adónde vamos?- pregunté -a tu casillero- contestó. ¿Ya estaba todo hecho?. Me vestí ansiosa y asustada.
José María no parecía serio, salió por una puerta negra con una radio entre los brazos, lo miré confundida, puso la radio en el piso y la enchufó como si su vida dependiera de eso. Empezó a sonar una música que no reconocía como nada que hubiese escuchado antes, una mezcla de ritmos bailables y depresivos, sonidos acelerados que se atropellaban y detenían.
-Lo primero es bailar swing- me dijo sonriente. Me enseñó a moverme en las puntas de mis pies, a separarlos constantemente por un espacio que no sobrepasara los diez centímetros. La estrategia básica sonaba muy sencilla, te estimulaba a protegerte y paradójicamente te obligaba a deponer cualquier rastro de cobardía. Se puso unos guantes azules y pareció muy seguro de lo que hacía, introdujo su brazo por sus caderas y lo impulsó sacándolo de su perímetro corporal, el brazo se desplazó en trayectoria directa -eso es un jab- murmuró. Jab y Uppercut iban a ser dos de las palabras que no se me borrarían de la mente durante los próximos años. Jab, Uppercut y Crochet eran los golpes básicos, Swing era un golpe mixto o compuesto que no llegué a entender si no tiempo después. Las sombras de sus movimientos bruscos y certeros se proyectaban con naturalidad sobre las murallas. Por un momento sentí que él controlaba todo a su alrededor. Intenté ser su espejo, cada levantamiento que ejecutaba me resultaba embarazoso y aletargado. Me dejé caer en el piso víctima de un intenso cansancio.
-¡Párate!- escuché sorprendida, José María ya no sonreía y su aspecto dictatorial me levantó en cuestión de segundos. No quería seguir, los brazos me pesaban, un enjambre de hormigas me atravesaba las piernas y el estomago me burbujeaba. Su rostro, que entonces emanaba indignación me hizo sentir perdida. Me dejó sola un par de minutos y volvió cargando cuerdas y vendas. Me dijo que no iba a salir de ahí a menos que aprendiera a protegerme. ¿Protegerme? yo no sabía a qué se refería -protegerme de su demencia y complejo de esclavista- pensé. Enderezó mi columna y pasó vendas amarillentas por detrás de mi cuello, las amarró a mi brazo izquierdo y me hizo golpear. -¿Estás bien?- preguntó con irónica compasión -me duele- vacilé.
José María había sufrido transformaciones espantosas en su conducta al pasar las horas, ya no era amable ni comprensivo, me trataba como a una máquina que debía cumplir inexpresiva sus órdenes enfermizas. Era el mal de los entrenadores de boxeo, de seguro todos creían que con violencia sacaban lo mejor de ti. José María tenía diecisiete, el pelo oscuro, las manos grandes y el cuerpo grueso, se paraba frente a mí con los brazos cruzados y una toalla blanca en los hombros a vigilar mis ejercicios cada mañana. Su postura segura y expresión de gendarme, al cabo de unos días ya me eran familiares. Corría junto a mí para controlar mi respiración y ocasionalmente me invitaba a tomar una bebida energizante para continuar laboriosos con la tortura.
(continuará)
lunes, 14 de julio de 2008
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