jueves, 10 de julio de 2008

ABC


En el tiempo que escribo he intentado combatir mi tendencia tremenda a no enfrentar ciertos aspectos de mi vida. No poseo la sensibilidad del artista. No me arriesgo, me cuesta. Aunque la mayor parte de mi experiencia escolar la he pasado oponiéndome a mis profesores, siempre ha habido situaciones que me cortan los nervios de la garganta. Una profesora de Lenguaje -a quien no voy a nombrar para no romper mi línea poco confesional- leyó un cuento que escribí -aún sin nombre y sin intención alguna de ser publicado- y coincidió con otros comentarios en que mi personaje no era ni más ni menos que un sencillo y básico alter ego.
-Ábrete, exprésate- me dijo como queriendo evaluar mi estado psicológico. Si las personas con complejos terapéuticos existen, de seguro ella entra en esa clasificación. Sólo estando en una habitación blanca con persianas de hospital, tendida en un diván de cuero negro, con una túnica y lentes bonaire podría haber sido parte de una instancia más psiquiátrica que esa. Me asignó escribir un ensayo, con seria apertura emocional, como si un ensayo de dos planas fuese a sacar el artista que supuestamente habitaba dentro de mí. Ensayé en distintas posiciones encima de mi alfombra junto a la estufa y transformé el piso de mi pieza en un vertedero turbio de hojas de cuaderno. No conseguí nada, me senté frente al computador dispuesta a acostarme sin terminar el ensayo. Tenía la mente echa pedazos, y las suposiciones ensayísticas tropezaban difusas con envases de yogurth y canciones de Bob Marley. Hace dos años mi papá me regaló un libro verde que tenía en la tapa la cara de un Australopithecus, "Los orígenes de la civilización", el libro se veía poco atractivo, pero por aburrimiento o compromiso lo empecé a leer, despertó una parte mía que no conocía, y así como lo empecé, tuve que terminarlo y re leerlo. Childe, su autor, establecía tesis tan variadas y fascinantes que quedaron dispersas con carácter en mi cabeza y seguramente influyeron en mi manera de ver el mundo y relacionarme con las letras. En alguna de las doscientas cincuenta y algo páginas de mi breviario, decía con énfasis particular, que los hombres y mujeres siempre deben omitirse de sus propios juicios, hacía tiempo que nadie me decía algo que me hiciera tanto sentido. Y por querer hacer caso a las tajantes palabras del difunto autor, me olvidé de como era no omitirme de mis propios juicios. Cuando terminé de pensar ya llevaba tres páginas de "ensayo", había citado nombres y lugares reales, había descrito con inhumana meticulosidad sensaciones y reacciones que sólo podían pertenecerme a mí, había confiado en el poder de mi adjetivo y dejado fluir las canciones sugerentes que se amontonaban en mis listas de reproducción como partes de un encantador burlitzer mental. Como miel sobre hojuelas...

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