viernes, 26 de septiembre de 2008
Estaba en mi clase de economía y escasez y el profesor, histriónico como de costumbre, empezó a relatar alguna de sus tantas historias asociadas al tema correspondiente. Se paraba, se sentaba, se volvía a parar, gesticulaba, movía las manos, pestañeaba, se empinaba la botella de cachantún y volvía a repetir el mismo procedimiento. La relación tortuosa entre mercado y Estado me daba sueño y mi cuerpo ultra relajado empezaba a contraerse en la silla minúscula. Yo creo que en el pre, donde las personas van porque quieren entrar a la Universidad -donde en realidad puedan explayarse en temas de contingencia- el tiempo reducido no alcanza para generar debate entre los estudiantes, pero mi compañera de adelante insistía en dar su opinión sobre el fraude de las inmobiliarias. Y yo tenía un montón de cosas para decir, que el sistema mixto no puede funcionar porque al final el mercado se come al Estado, que hoy sabemos, además, que lo que a Adam Smith interesaba era la riqueza de las naciones, y que incluso desde sus remotos tiempos de capitalismo clásico, el discurso altruista a pesar de fraudulento era necesario como hasta nuestros días de tecnocracia y jets privados lo es. Me picaba la lengua por decir mis planteamientos y recibir una respuesta seca y correctiva. Pero como me lo recuerda Chomsky cada vez que pesco alguno de sus libros, el beneficio es lo que cuenta...así que me callé y seguí escribiendo.
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